International Piano Festival

Omar García Cosio

Periodista Deportivo

La memoria opera de manera muy curiosa. A mediados de 2012, en mi último concierto, recuerdo el previo con casi lujo de detalle: los últimos ensayos, el trayecto en la autopista, el nervio cuando el programa me tenía en la antesala. En cuanto comencé a tocar, todo se borró. La primera imagen después del saludo final fue encontrarme en el espejo y con el preludio de un nudo en la garganta me dije: al final, aprendiste. En un arrebato, más inocente que soberbio, me refería al piano. Sin embargo y en retrospectiva, mi paso por la escuela de piano Marcela Battaglia me enseñó más sobre la vida.

Incluso desde antes de nacer, la música ya formaba parte de mí. La historia que desencadenó mi llegada al mundo se suscitó por una pieza de Bach e incluso, la víspera de mi nacimiento, de nuevo Johann Sebastian se hizo presente mientras mis padres me daban la bienvenida.

Unos años más tarde, coqueteé con el piano en esfuerzos más lúdicos que serios. Entonces el camino me llevó a Cancún, donde aún recuerdo a mi mamá contándome al salir de la secundaria: acabo de escuchar de una maestra de piano: Marcela Battaglia. No muchos días más tarde crucé ese pasillo y llegué al salón del piano café, con la mesa en la esquina. Todo el juego previo se convirtió en estructura: figuras, tiempos, el -temido- solfeo, al que después de batirnos en algunas ocasiones con frustración, me entregó su forma y se convirtió en mapa para descodificar el pentagrama. Desde entonces somos buenos amigos.

Así, de la voz a las manos: la primera pieza. “30 veces a paso de tortuga, 20 lento, 10 veces menos lento, 5 casi a tempo, una a velocidad adecuada”. El lápiz recorría el espectro más agudo del teclado cada vez que el baile de los dedos acertaba en sus posiciones por un renglón. De nuevo, la música aparecía como una recompensa de lenta conquista. A veces la desesperación jugaba una mala pasada y el metrónomo tendía a ir hacia abajo. Pero el oído clínico de Marcela detectaba los atajos en el camino y había que volver al punto de salida. Nunca se le pasó una. UNA.

Llegaron los ensayos: quizá, mi parte favorita y lo que recuerdo con más cariño. Pequeños bancos de jóvenes pianistas arremolinados en un mar de nervios donde mostrábamos los avances semestrales. Ahí entendí que las risas, los buenos momentos y la ansiedad pueden escapar a través de ademanes silenciosos y cómplices. De ahí florecieron mis amistades más entrañables en esta faceta de mi vida. Gracias, gracias, gracias. Ustedes saben quiénes son.

Los conciertos: día de fiesta. El viaje entre dos espacios: el camerino y el escenario. También las mariposas pulían su movimiento en el estómago con el devenir de los ensayos y reventaban en esa caminata para encontrarse con el piano que se veía más grande hasta que la primera nota hacía su aparición. Aplauso y de vuelta con el equipo: risas bucólicas de quiénes ya habían pasado y carcajadas nerviosas de los siguientes en el programa. Por lo menos así fue hasta que la edad me dio una nueva figura: la escolta. Llevar y traer sobretodo a los pequeños compañeros de sus actuaciones. Quizá eso comenzó a darme una dimensión sobre la edad y que tan rápido pasaba el tiempo.

Sólo como comentario al pie en este momento de sinceridad, puedo constatar que la corbata de moño es el peor maridaje del sol quintanarroense.

Y el ciclo continuó su paso: clases, ensayos, conciertos. Algunos -y he de reconocerlo para pedir una disculpa pública a Marce y a mi familia- con emociones fuertes de preparar a contrarreloj el programa. Ojalá sirva también para disuadir a los nuevos compañeros que lean esto en intentar un ejercicio de este tipo. Nada como hacerlo en tiempo… lo juro.

Conforme pasó el tiempo, por otro lado, también las profundidades en el saber aparecieron y me permitió compartir en algunas ocasiones el piano con talentos -y en este caso amigos- como Francisco Hernández Bolaños en algunas clases especiales donde el esfuerzo inicial tomaba dimensiones extraordinarias, tanto de acercamiento a la pieza, como la forma de tocarla.

En otro capitulo de esta retrospectiva, sin duda la apertura cultural que Marcela ha aportado, no sólo a su escuela sino a Cancún, me permitió encontrar horizontes que quizá nunca hubiese volteado a ver. Un día con pincel en mano estudiando pintura, otro encontrando nuevos horizontes musicales con la guitarra y uno diferente trepado en un escenario escribiendo y actuando una obra. Y qué mejor espacio para agradecer a Pepe de Lira y Heriberto Rey por mostrarme ese espectro del arte.

Y aunque quizá extralimitando las posibilidades, también tengo unas gracias especiales a Jorge Piña Williams, no sólo en la escuela Marcela Battaglia, sino también en otros salones de clases donde me enseñó a jugar con el lenguaje, construir narrativas, así como la oportunidad de ponerme por primera vez detrás de un micrófono para hablar de una de las cosas que más me gustan. Querido maestro, siempre hay una parte tuya en cada texto y en cada programa que hago.

Para este momento, donde la vocación se me reveló con cámaras, micrófonos y estadios, pensé en tomar un impulso total para mi ingreso a la universidad y en un arranque radical, consideré anticipar un año el cierre de mi ciclo en el piano. Después de una charla en la que la experiencia, tanto de Miss Marce, como Miss Eva, la cabeza sentó las ideas. Una historia tan feliz no podía tener un final sin climax.

Y regresamos al último concierto: después del protocolo musical, la entrega de reconocimientos fue el infructuoso intento de resistir un nudo en la garganta. El presente fue tan intenso, también, que sólo disparó imágenes cuando me encontré con los testigos grabados. Ahí, en teoría, terminaba este camino. Pero una pluma plata que me entregaron, como estafeta, los amigos y Marce los tienen aquí. Estuvieron cuando firmé mi primer contrato con ella, así como mis correcciones en el día a día, riendo en silencio, como en cualquier ensayo.

Hoy, a casi ocho años de ese día y en medio del trajín de una carrera que me ha llevado a profundizar y descubrir nuevos secretos dentro de otro tipo de arte, la música sigue ahí, quizá ahora más que nunca en este lapso. El confinamiento en el que estamos, dentro del marco de estas palabras, me permitió reencontrarme con el piano y ya no podría entender mi ritmo de vida sin él. Pero mucho más allá, así como me acompañan en mi pluma, la escuela y Marcela Battaglia también siempre están ahí, recordándome que la pasión es la ruta hacia la felicidad, que el camino importa más que el destino y que cualquier cosa que valga la pena sólo se consigue repitiendo TREINTA VECES A PASO DE TORTUGA. Ahí también está siempre, Miss. Y citando a nuestros queridos Les Luthiers, lo único que me queda por decir se resume en una palabra: ¡mil gracias!… ¡dos mil gracias!

Semblanza

Nací el 15 de diciembre. Casi el mismo día que Beethoven. A ello atribuyo que el era sordo y yo zurdo. He sido tantas cosas y he querido ser otras más, viviendo sobretodo en la frontera de quién quiere entender y hacer. A lo largo de mi vida, me he disfrazado, al mismo tiempo, de: dinosaurio y paleontólogo, escritor y periodista, músico y musicólogo, presidente y revolucionario, caricaturista y crítico de arte.

Viví 12 años en el Área Metropolitana de la Ciudad de México hasta que el camino me llevó a Cancún donde estudié la secundaria, la preparatoria, además de piano, guitarra, actuación y pintura en la escuela Marcela Battaglia.

De regreso a la capital del país, me convertí en Licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana, aunque prefiero periodista deportivo a secas, lo que me ha dado la oportunidad de colaborar en medios como: MVS, Radio Trece, W Radio, Milenio, Televisa Digital, Publimetro, La Crónica de Hoy, Reacción y por supuesto, Ibero 90.9, donde actualmente me desempeño como coordinador del área de deportes. Este camino me ha permitido estar ya en el Super Bowl, la Copa América, el Abierto Mexicano de Tenis, NBA Global Games, Gran Premio de México, así como partidos de la Selección Mexicana, Liga MX, Liga Mexicana de Beisbol entre otros.

Me encuentro también en proceso de finalizar una Maestría en Diseño Estratégico en Innovación por mi misma Alma Máter.

Ocasionalmente, también, el trabajo se difumina y cuando el tiempo lo permite, ya sea con un piano o una guitarra me puedo perder en el tiempo-espacio.